Sociedad de Autores y Compositores de México
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Nuestros socios y su obra


Víctor Cordero Aurrecoechea

Permítanme narrar mi biografía describiéndoles brevemente el México de cuando yo nací. Vayamos al año de 1914. En las calles se escuchaba: ¡Viva Venustiano Carranza!, ¡Viva el Ejército Constitucionalista! El comercio cerraba sus puertas por temor al atropello y al saqueo. Por las calles se notaba la inquietud, el miedo y el desorden.

Se veían tropeles de caballos, trenes repletos de soldados y sombrerudos encalzonados con sus cananas cruzadas al pecho y el inseparable 30-30. El aire se hallaba saturado de olor a pólvora y se rasgaba con toques de clarines con acentos de oro y sonoros redobles de tambores, entre el bullicio de las tropas de caballería, que en desorden pasaban a galope con rumbo a la prisión del cuartel de Santiago.

Mientras esto acaecía, allá en una casa de portón muy grande, que existió en el corazón del populoso barrio de Peralvillo, marcada con el número 82 de la calle de Matamoros, ahí, nací yo, cuando eran más o menos las cinco de la tarde. La lluvia cantaba en su monotonía con ritmo triste, tendiendo una cortina de finos y transparentes hilos que parecían de cristal. El calendario marcaba 10 de octubre de 1914.

Mi primer llanto se perdió entre bullicios y los alegres cantos de soldaderas que al acompañar a sus Juanes entonaban la popular canción La Adelita: Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar...

México se debatía en una cruenta lucha por una causa justa: “Sufragio Efectivo, No Reelección”, etapa difícil en que la patria ensangrentaba las páginas gloriosas de su historia.

Dos años habían transcurrido desde aquellos acontecimientos, cuando tuvimos que mudarnos de la casa en que nací; nos fuimos a la entonces Avenida Jalisco, que hoy lleva el nombre de Avenida Álvaro Obregón.

Para esto, mi papá, que desarrollaba sus actividades como agente viajero de las casas comerciales: El Palacio de Hierro, Las Fábricas Universales, El Puerto de Veracruz y la casa Etchegaray Hermanos, ya contaba con tres hijos, Rafael, que era el primogénito, Juan José y yo.

Mi madre, doña Rosario Aurrecoechea Jiménez, era una dama virtuosa y abnegada, originaria de Taxco, Guerrero. Vivía sin más ambición que el bienestar y la educación de sus hijos, en un hogar limpio y ordenado, en cuyo seno nació más tarde otro de mis hermanos, quien recibió el nombre de Alfonso.

Cuando yo contaba tres años de edad, nos cambiamos nuevamente, yéndonos a vivir a Coyoacán. Aquella casa era muy amplia y cómoda y tenía un jardín enorme, en donde mis hermanos y yo jugábamos a los soldados y diversos juegos infantiles.

Por la tarde, mi mamá solía tocar el piano, arrancándole cadencias de acentos melancólicos, que me apartaban de mis juegos para ir a escuchar la música que interpretaba, quedándome dormido en la alfombra de la sala con el dulce arrullo de sus notas. Nunca pensé que aquello significaría para mí un misterioso presagio de lo que me tenía deparado el destino.

Al caer la tarde, mi papá volvía de su trabajo al seno familiar. En el amplio comedor lucía un frutero siempre lleno; la vitrina cerrada con llave hacía brillar la cristalería de copas finas y tazas antiguas, labradas con flores de filigrana en diversas combinaciones de colores y filos dorados. Las carpetas, tejidas a mano, hacían juego con las cortinas de igual estilo en sus motivos de encajes artísticamente bordados.

Eran las siete de la noche, la hora de la merienda; en el comedor había escándalo de luz y de limpieza; desde la cocina llegaba el incitante olor a chocolate. Mi padre ocupaba la parte central de la mesa; a su diestra, su esposa y después Teresita, hermana de mi mamá, que había preferido entregar todo su amor a la iglesia y al cuidado de sus sobrinos.

Yo tenía cinco años cuando una enfermedad me tuvo por dos largos meses al borde de la tumba, por lo que mi mamá, desesperada, fue a ver a los Hermanos Carmelitas para pedirles que en sus oraciones intercedieran por la salud de su hijo, recibiendo el consejo de que debería resignarse a los altos designios de Dios. El milagro se realizó y aquel presagio se cumplió, porque Víctor Cordero tenía que cumplir con su destino: ser compositor.

Después de un año, jugaba sonriente en el jardín con mis hermanos cuando asesinaron al primer jefe, don Venustiano Carranza, por lo que nuevamente los negocios y el comercio cerraron, volviéndose a sufrir la crisis propia del movimiento armado. Mi papá aceptó un empleo en una compañía algodonera en el estado de Chihuahua y como un sueño, se desbarató la dicha que había reinado en la romántica y cómoda casa de Coyoacán.

Pero la Revolución continuaba, y una tarde, cuando contaba apenas con siete años, mi mamá me regañó porque salí a la calle a ver pasar a los villistas, por lo que me sentí incomprendido y tomé la resolución de abandonar el hogar, ya que había oído decir que los que andaban con Villa no se morían de hambre, ni les faltaban caballo y rifle. Me escapé y fui a dar hasta la estación del ferrocarril, en donde para mi gran sorpresa, vi de cerca al General Villa. Sin detenerme para nada me le acerqué tendiéndole los brazos para abrazarlo y le dije: “Usted es el señor que ando buscando”; “¿A mí? ¿Y para qué me quieres, muchachito?” —respondió el general Villa—, “Pues para que me dé mi caballo y mi rifle, porque quiero irme con usted a la Revolución”. Escuché una sonora carcajada del famoso guerrillero, en los precisos momentos en que dos señoras vestidas de negro y con los semblantes pálidos por la aflicción exclamaron en un sólo grito: “¡Víctor, ven acá!, ¡Mira nada más!, ¿Dónde andabas?”. Esas señoras resultaron ser nada menos que doña Rosario y mi tía Teresita, quienes habían salido como locas en mi busca.

“Ay, señor general, perdone usted a mi hijo, lo he andado buscando”. El general Villa respondió: “Pos mire nomás de la que se escapó, ya se quería ir conmigo a la Revolución con tal de tener un caballo y un rifle... Ande señora, no se aflija, que con la valentía que tiene su hijo llegará a ser un gran mexicano.”

Poco tiempo había transcurrido de eso, cuando la familia tuvo que regresar nuevamente a la Ciudad de México, en vista de que la compañía algodonera había quebrado por falta de negociaciones y crédito que le solicitaban los consumidores, además de la inseguridad para hacer transacciones comerciales.

Mi padre fue contratado como pagador en jefe en la fábrica San Rafael, en Atlixco, Puebla, lugar en donde nació uno de mis más queridos hermanos: Joaquín, quien más tarde llegaría a ser un gran actor de nuestro cine nacional.

En la empresa donde trabajaba mi papá se inició un motín obrero y mi padre, por defender los intereses de la compañía, salió herido de una puñalada. Por todas estas circunstancias y la difícil situación económica de mi padre, mis hermanos y yo tuvimos que interrumpir en varias ocasiones los estudios.

La familia regresó a radicar definitivamente a la Ciudad de México cuando surgió la campaña Delahuertista y Villa fue derrotado en Celaya; más tarde, como compensación del gobierno, recibió la Hacienda de Canutillo.

Vivíamos en la Villa de Guadalupe, en el número 33 de la avenida Francisco I. Madero, cuando corrió la noticia de que Villa había sido asesinado. Yo estudiaba el cuarto año de primaria en la escuela El Centenario.

Un día, cuando estaba en quinto año, una corazonada me hizo ponerme serio: “¡Lo presentía!”, me dije: “Me han robado la torta que mi mamacita me preparó. ¡Qué barbaridad!, ¿Quién sería ese maldoso?”; “Fue el Chachapa…”, “Yo lo vi cuando te la robó mientras el profesor te estaba tomando la clase” —me dijo Jesús Martínez—. Por momentos sentí miedo, pues el tal Chachapa era un chamaco bien dado que tenía fama de valentón.

Al terminar el recreo entró a la clase burlándose y preguntándome si sabía quién había robado mi torta y le contesté: “Quién más podría haber sido, un muerto de hambre como tú”. A la salida de la escuela nos agarramos a golpes y salí victorioso. Me fui a limpiar la sangre a una fuente cuando pasaron unos militares a caballo y sintiéndome aún bajo la inercia de ese valor experimentado por el triunfo de la pelea, sin más ni más les grité: “Oigan, oigan, a dónde van; espérenme, yo me voy con ustedes”.

Llegando al cuartel, mostré firmeza para quedarme ahí y el general me dijo: “Bueno, bueno, pues si es cierto que no tienes familia y que no hay más amor para ti que el de tu patria, te irás con nosotros y ya veremos cómo hacer de ti un buen soldado. “¿Sabes escribir?”, “Si señor”, le contesté. “Entonces, por lo pronto, te voy a ocupar en mi despacho para que te pongas listo y seas mi asistente. Ve a comer y no te tardes para que te den tu uniforme, porque mañana a las cinco, salimos para la Huasteca Veracruzana a pelear contra las tropas de Marcial Cabazos.”

En el camino, la primera noche, los soldados ya me llamaban El generalito y destapando sus canastas me ofrecían gorditas de maíz y sabrosos tacos rellenos de frijoles y de chicharrón con chile, acompañados de un rico jarro de café negro.

Después de tres horas de caminata, cuando el batallón atravesaba el mero corazón de la sierra, vimos a varios ahorcados, colgados de los árboles, vestidos con calzón de manta, camisa y con los pies descalzos o con huaraches. Un letrero en el pecho decía: “Viva Marcial Cabazos”.

Entramos en batalla. Por todas partes había fusiles tirados, caballos y soldados muertos; la sangre corría como si la tierra sedienta la exigiera. Yo, por instinto de conservación, me metí en una cueva en donde permanecí un buen rato, pálido, con las manos apretando el rifle en posición de tirador. “Y ahora ¿qué hago?”, pensaba. “Nada… Nada”, no me quedaba otro remedio que defender la vida y matar, porque para eso me habían dado el rifle.

Cuando comenzaba a oscurecer escuché voces y pasos de gente que se aproximaba. Abriendo los ojos lo más que pude, grité apuntando hacia la entrada de la cueva, tratando de intimidar a los que se acercaban: “¡Alto ahí!… ¿Quién vive?, ¡Si se acercan disparo!”. “¡Viva el supremo gobierno!”, contestó una voz firme de hombre resuelto. “¡Viva!”, respondí, a la vez que se me iluminaba el semblante de alegría.

En otra ocasión, en pleno combate en el municipio de Ometusco, estado de Hidalgo, fui herido gravemente en una pierna, lo que me hizo cambiar definitivamente el fusil por la guitarra.

Mis vivencias en la Revolución fueron, sin duda alguna, un factor muy importante en mi vida como compositor; sin embargo, durante mi infancia ya había compuesto muchas canciones inspirado en revistas o simplemente en lo que se me venía a la mente. Con el tiempo, mi capacidad de componer fue tomando una dimensión, a tal grado, que me era muy fácil escribir una canción de cualquier tema y en cualquier momento. El repertorio de mis primeras canciones lo formaron Mares lejanos, Carnaval, Rebeca, Vestido de seda, Yo he soñado, Poeta de arrabal, Sueño de juventud, Si solamente, Jardín, Primavera, Yo te daré mi amor, Mariposa, Canción de luz, El ciego, Ventanita triste, Qué te importa, Vals violetas, Bienvenida, Señor juez, Tu boca es mi ilusión, Nueve años de prisión, La fuentecita, Cuento oriental, Herida, Corazón muerto, Tu rostro encantador, Oye Yola, Qué difícil es querer, La canción de la tarde, Cuando mi alma, Traición, Sol ardiente, La muerte del sol y muchas más.

Como mencioné, los cuadros que viví en carne propia durante la Revolución me sirvieron para inspirarme y escribir corridos, muchos de ellos basados en hechos y personajes reales, otros son solamente un producto más de mi imaginación.

En muchos casos, la vida que he descrito, está basada en lo que pudo haber sucedido. Mis héroes son hombres que pudieron ser más grandes que los que en realidad hubo, porque están cargados de valentía y amor por su patria. Lo que digo con respecto a los héroes conocidos, es totalmente verídico.

Los corridos que compuse a Villa y a Zapata, no traicionan la esencia del hecho, porque no son mis palabras las que uso, sino la realidad de la historia investigada e interpretada por mí, de tal forma que puedo referir momentos y palabras como éstos: durante una visita que Francisco Villa hiciera a Emiliano Zapata, éste lo invitó a sentarse por un momento en la Silla Presidencial, a lo que Villa accedió. Al ponerse de pie dijo: “Si para quedarse sentado en esta silla hay que olvidarse de los que esperan de pie, prefiero la silla de mi caballo”. Yo trato de quitar de la mente de esos hombres la idea de que el macho y el bravucón son lo mismo que el valiente; con mis corridos les enseño lo que es verdaderamente un valiente.

Corridos como Juan Charrasqueado, Gabino Barrera, El ojo de vidrio, Juan Guerrero, Los combates de Celaya, Traiciones políticas, La Silla Presidencial, La pobre de Caritina, Hazañas de Pancho Villa, Ahí viene Maclovio Herrera, Contra el destino ninguno, Corrido de los 20 centavos, Corrido de Jesús Guajardo, Corrido de Querétaro, Corrido del cirgüelo, Corrido de Luis Vázquez, Corrido de Santa, El derecho agrario, El indio y el español, Justicia ranchera, Domingo Corrales, El pata rajada, Corrido de Jesús Cristerna, La mula bronca, La virgen de barro, Corrido de Rafael Buelna, La toma de Agua Prieta, Corrido al Che Guevara, Corrido de Lázaro Cárdenas y Corrido de Elvis Presley, etcétera, son unos cuantos de mis más de setecientos corridos.

También incursioné en los géneros ranchero, bolero, huapango, tropical, chotis, vals, polka, cumbia, paso doble, danzón, tango, pasillo, chacha-chá, jocoso, moruno, danza, go-gó y los estilos colombiano, francés, español, italiano y autóctono. Ejemplo de ello son Mi casita de paja, Golondrina de ojos negros, El puente roto, Dos hojas sin rumbo, Traición a Juan, El loco, Con las manos vacías, Mi última carta, Ni tú ni yo, La paseada, Amorcito norteño, Besos y copas, Besos callejeros, Cuatro velas, Flor del río, Golondrina sin nido, Golondrina aventurera, Flor triste, Nada gano con quererte, Mi ranchito abandonado, Paloma consentida, Noche de angustia, Un domingo en Ixtlahuaca, La milpa, Con los charros en Madrid, Jardín oriental, Fiestas del centenario, Martiana, Falso Amor, Vals azul y otros.

Con la influencia del rock and roll y precisamente en los 60´s, época de pelo largo y el signo con la mano de Amor y Paz, nunca imaginé que incursionaría en el nuevo estilo de componer, surgiendo así la peculiaridad del corrido in o corrido moderno para la juventud rebelde, inspirándome en los hechos que prevalecían en la sociedad de la época y al ritmo del cuarteto más grande de todos los tiempos: Los Beatles.

Producto de esa inspiración fueron mis canciones Chamaca sin medias, Chamaco drogado, Suéter de telaraña, El elevador, Flor de California, La falda roja, Sombrerito verde, Tendedero poca ropa y Traición a Felipa, etcétera.

Mi música ha brillado en las voces de estrellas como Jorge Negrete, el inolvidable Pedro Infante, Javier Solís, Pedro Vargas, Ignacio López Tarso, Luis Pérez Meza, Francisco Charro Avitia, Antonio Aguilar, Juan y David Záizar, José Alfredo Jiménez, Vicente Fernández, José Feliciano, Lola Beltrán, Lucha Villa, Irma Serrano, Chavela Vargas, Yolanda del Río, Chayito Valdez, Las Hermanas Huerta, Dueto Miseria, Los Dos Reales, Los Alegres de Terán, Los Broncos de Reynosa, Los Juniors, Los Pasteles Verdes, Las hermanas Padilla, Cornelio Reyna, Los Tigres del Norte, La Banda El Recodo de don Cruz Lizárraga y muchos más, artistas que han anidado en el corazón de México.

Con mis canciones entré a la sensibilidad del corazón del pueblo como el canto de un pájaro que trina en la floresta, cantando al amor y a la vida; después, como poeta, trascendí hasta el paisaje gris del invierno y me convertí en solemne emperador de la tristeza y el silencio.

Víctor Cordero.

 

La obra del maestro Víctor Cordero ha sido tema de más de setenta películas, entre las que destacan Juan Charrasqueado para la cinta del mismo nombre (1947); El loco para Rutilo el forastero (1962); Gabino Barrera para las películas Gabino Barrera (1964), La venganza de Gabino Barrera (1967) y Viva México y sus corridos (1982); El ojo de vidrio para la cinta del mismo título (1969); Besos callejeros para El lugar sin límites (1978); Flor triste para Cruz de olvido (1981), y Domingo Corrales para la película de igual nombre (1983).

Entre sus distinciones se encuentran las otorgadas por el Instituto Nacional de Bellas Artes por su canción Miguelito (1962); por la Casa Madero S.A., XEW por el programa Así es mi tierra (1967); por Promotora Hispano Americana de Música debido al éxito alcanzado en 1966 con su tema ranchero Flor del río (1967); por la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) por su primer lugar en el Primer Concurso del Corrido Mexicano (1972), la Medalla Agustín Lara como parte del 28 Congreso Mundial de Autores y Compositores (1972) y el reconocimiento póstumo por el 100 aniversario de su natalicio (2014), y por Mundo Musical por las ventas que alcanzaron sus canciones Cómo pude perdonarla y Besos y copas (1972).

Por su parte, la Delegación Benito Juárez le entregó un reconocimiento por sus relevantes cualidades artísticas demostradas a lo largo de su fecunda vida dedicada a favorecer los valores musicales de nuestra patria (1977); Televisa, S.A. lo distinguió con un galardón por su participación en el 3er Festival de la Canción Ranchera (1981), y Promotora Hispano Americana de Música y Editorial Mexicana de Música Internacional, S.A. le otorgó una mención honorífica por su aportación a la historia musical de México a través de su relevante obra proyectada internacionalmente (1989).

Otras instituciones que también lo galardonaron son EMI Musical por su extraordinaria labor como compositor (1991) y BMI lo reconoció con el Latin Award en la categoría de Canción Latina más ejecutada en los Estados Unidos de Norteamérica (2000). Asimismo, fue develado un busto en bronce en su honor en la Plaza de los Compositores Mexicanos por su obra y trayectoria (2008).

El maestro Víctor Cordero Aurrecoechea falleció el 7 de diciembre de 1983 en la Ciudad de México. Su obra ha trascendido el tiempo y las fronteras, logrando que intérpretes contemporáneos las incluyan en sus repertorios, tal ha sido el caso de Julio Preciado y su Banda Perla del Pacífico, Pepe Aguilar, Ana Gabriel, Alejandro Fernández, Guadalupe Pineda, Mazz, Paquita la del Barrio, K-Paz de la Sierra, Horóscopos de Durango, La Castañeda y Patrulla 81, sólo por mencionar algunos.

Repertorio de Víctor Cordero Aurrecoechea


Se autoriza la reproducción total o parcial de esta biografía, siempre y cuando se mencione a la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), como la fuente.